Cuando lo que toca es ´hacer´ sin pizca de ganas

Hace unos días estuve en una conferencia de mi amigo Pablo Herreros donde se discutía algo de lo que solemos hablar mucho. ¿Y si pudiéramos vivir haciendo solo lo que nos hace felices? Alrededor de esta idea, uno de los temas en los que más he profundizado es el relativo al estado de flow, término que emplea Mihalyi Csikszentmihalyi para describir esos momentos donde hacemos las cosas por el solo placer de hacerlas.  No importa el qué ni el para qué, solo la actividad en sí en el momento presente. Con entrenamiento, podemos entrar en estado de flow en prácticamente cualquier actividad. Pero esta capacidad requiere de práctica, tiempo y cierto grado de madurez y autocontrol. Algo de lo que normalmente no disponen los estudiantes, ya sea por su edad o por las imposiciones del sistema, pero que he convertido en el gran objetivo de mi trabajo.

A raíz de esa conferencia, el compartir todo lo que he ido aprendiendo al respecto se ha vuelto algo urgente para mí. Este post no pretende ser sino la introducción de una larga serie (que ojalá no debiera ser escrita) sobre cómo sobrevivir a la circunstancia de tener que hacer cosas que no apetecen nada.

¿Cómo pudimos llegar a esta situación si aprender es una de las cosas más placenteras para el ser humano?

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Hacer por hacer cuando hacer carece de sentido.

No toda actividad en esta vida logra ser para nosotros placentera en sí. Por ello, uno de los temas recurrentes de este blog es el de la MOTIVACIÓN, ya que sentir que se hace por hacer, sin encontrar placer en ello, puede llegar a ser desesperante si no logramos definir un objetivo válido. Un sentimiento que está una gran cantidad de ´fracasos´ escolares. Y pongo entre comillas la palabra fracaso, porque no la acepto para designar a nada que pase en el primer quinto de nuestra vida.

Hablar con un alumno que ya asume etiquetas tales como tonto o vago, o con un adolescente que te dice lo que supone que quieres escuchar para que le dejes en paz, es un ejercicio de paciencia. Pero por otra parte esas creencias por lo general están aún ´tiernas´ y suele ser bastante sencillo desmontarlas. Voy a poner un ejemplo. Si un/una estudiante suspende cinco asignaturas y la explicación que él o ella asume es ´soy vago/vaga´ es fácil demostrarle su error cuando estamos hablando de una persona que practica un deporte de manera regular, con todas las exigencias que ello supone. El que es vago es vago en todo, no a ratos. Así que no podemos definir a toda una persona a partir de un síntoma puntual que aparece al enfrentarse a un sistema que todos sabemos está lleno de defectos (pese a sus virtudes).

Una de las grandes oportunidades para enfrentar este tema es la famosa pregunta, que normalmente se responde de manera equivocada:

´Y esto, ¿para qué me sirve?´

Es curioso porque llega un momento en que es complicado que el estudiante redescubra este cuestionamiento. Lo ha preguntado tantas veces, y tantas veces se ha sentido humillado o estafado en la respuesta, que suele olvidar que es su gran pregunta. La que sin respuesta, le quita las ganas de todo.

Un primer paso es ser honestos al responder esto, porque esta generación de estudiantes posee la suficiente información para saber que jamás volverá a usar gran parte de los contenidos que se presentan en el colegio o en el instituto.

Hacer por los motivos equivocados

Obviamente, a veces necesitamos recurrir a artificios, como padres y educadores, porque creemos, estamos convencidos, de que algo debe ser hecho más allá de que la personita bajo nuestro cuidado lo comprenda o acepte. Lavarse bien los dientes para que el Ratoncito Pérez venga oportunamente indudablemente es un argumento bastante útil. Pero no podemos abusar : tarde o temprano, un argumento o motivo falso, cae, y las consecuencias pueden ser nefastas. La más grave, bajo mi punto de vista, es que la confianza en sus mayores se fracture. Otras consecuencias no menos dolorosas son la decepción o el sentimiento de haber perdido el tiempo. También ya hemos abordado el tema de los premios.

Pero muchas veces ellos te confiesan que el único motivo para intentar sacar unas buenas notas es contribuir a la felicidad de sus padres. Comprensiblemente, en ocasiones la nota y el esfuerzo de los hijos no alcanza para satisfacernos. Descubrirlo es para ellos y ellas, motivo de dolor, desengaño, frustración, impotencia y, como efecto secundario, suspensos.

En otras ocasiones, les dirigimos a centrar todo su esfuerzo en conseguir un resultado numérico, una nota, y nos olvidamos de trabajar actitudes y habilidades (las denominadas ´soft skills´ cada vez más demandadas y valoradas), que son las que verdaderamente serán útiles tanto a nivel laboral como personal y que muchas veces se trabajan justamente, durante un traspié.

No hacer porque no alcanzaré la meta

Ya hemos hablado de la indefensión aprendida en este post, cuando sentimos que hagamos lo que hagamos, no conseguiremos lo que deseamos.

Pero a veces, este bloqueo tiene un origen diferente. El perfeccionismo parece ser una epidemia entre los estudiantes y sin querer en ocasiones lo estimulamos o no lo enfrentamos adecuadamente. Ya desde muy pequeños, este falso amigo aparece y hace estragos. Luchar contra él es todo un desafío, porque el caso no es ir al extremo opuesto y hacer desaparecer el valor de lo bien hecho. El objetivo es evitar el efecto paralizante de enfrentarnos a la realidad de no ser perfectos.

¿Para qué si no me va a salir bien? ¿Para qué si otro va a ser mejor? Tarde o temprano debemos enfrentarnos a la realidad de que las normas y los parámetros de lo que está bien, regular o mal existen y son necesarios para vivir en sociedad. A veces nos espanta que el sistema escolar enfrente a nuestros pequeños con estas pautas que limitan nuestro comportamiento a edades demasiado tempranas. Sin embargo, más peligroso aún es que nunca se hayan enfrentado a ello hasta edades donde ya la red familiar no les cobija o no es tan efectiva ante el dolor de un error. Los casos de fracaso más estrepitosos en este sentido se dan, justamente, en alumnos que nunca han tenido estos problemas hasta llegar al bachillerato o a la universidad, donde un abrazo de mamá ya no es tan efectivo, y una re-educación es muchísimo más compleja. En este sentido, nuestro papel, además de evitar a nuestros pequeños y adolescentes dolores innecesarios, es también, más difícil aún, guiarles para asumir y gestionar sus propias limitaciones, para poder así disfrutar y explotar al máximo sus enormes capacidades.

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Música y estudio

El tema de la música y el estudio suele ser motivo de conflicto para los adolescentes y sus mayores. Pero la respuesta a la pregunta ¿música sí o música no? varía de una persona a otra.  Solo nosotros mismos podemos saber si nos ayuda o nos resulta contraproducente, para lo cual necesitamos una autoevaluación a conciencia:

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La decisión pasa fundamentalmente por determinar si eres más eficiente de una u otra forma, es decir, cómo te concentras  y trabajas mejor. Esto nada tiene que ver con hacer soportable el hacer los deberes.  Si usas una música que te distrae solo lograrás que tus tareas se prolonguen indefinidamente, por lo que te aconsejo que alejes durante ese tiempo la música que más te gusta. Resérvala para tus ratos de ocio.

Estudiar con eficiacia requiere que nuestro cerebro esté alerta a la vez que concentrado y tranquilo. Si esto no se consigue en silencio, hay distintas alternativas musicales que pueden fomentar dicho estado. La elección dependerá de cada individuo y del tipo de tarea a realizar: no es lo mismo hacer ejercicios de matemáticas que dibujar, y la música adecuada tampoco tiene por qué ser la misma. Como se trata de experimentar, lo mejor es probar mientras leemos algo por placer, o cuando aún falta para los exámenes. Así, en los últimos repasos, ya tendrás una selección idónea para tí.

Es mejor que la música suene de manera ambiental, evitando el uso de auriculares, salvo que a nuestro alrededor haya demasiados ruidos y la música la necesitemos para apantallarlos, o sea molesta para los demás. En cualquier caso, el volumen debe ser bajo, evitando estridencias  y cambios bruscos de cualquier índole. Definitivamente, no debe invitarnos a cantar o a escuchar la letra, salvo que estemos realizando un trabajo manual que no requiera excesiva concentración: el hecho de cantar puede relajar a los más inquietos.

Se pueden encontrar en internet compilados de distinta duración y tono para ir probando: desde música clásica, a sonidos de la naturaleza, pasando por música instrumental o coral. Lo ideal es elegir una pieza que dure más o menos lo que nuestro intervalo de estudio: que los primeros acordes nos indiquen que llegó el momento de concentrarse  y que ya, cuando termine, será la hora de descansar, olvidándonos del reloj.

Si somos serios, la música en unos pocos minutos pasará a un segundo plano y realmente no seremos conscientes de que está sonando. Por otra parte, cuando le comencemos a prestar demasiada atención, podemos llamarnos al orden y redirigir nuestra mente al objeto de estudio, o decidir si necesitamos una pequeña pausa o un cambio de asignatura. Además, si algo nos distrae, concentrarnos en el sonido para después retomar el estudio es una estrategia muy eficaz.

Ahora, toca elegir. Tal vez quieras probar con lo que yo estoy escuchando ahora mismo, según escribo este post, buscar otras compilaciones o armar la tuya propia.

Los premios al estudio: Manual de emergencia para época de exámenes.

Una de las armas más peligrosas y que no requieren ningún tipo de cursillo para su uso es  el premio. Si estás a punto de utilizarla, te pido un minuto.

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  • No hay que premiar al estudiante.
  • Sí hay que premiar al estudiante.

Y así se acaban los manuales de uso de esta arma tan peligrosa que es ´el premio al estudiante´. El premio durante la crianza en general. Bueno…el premio, como parte de nuestras relaciones humanas (pero esto daría para una tesis, y ahora no estoy pensando en escribir ninguna)

Pero antes de hablar del premio, deberíamos detenernos a pensar ¿qué estamos premiando? Porque para mí el problema no es si te regalo o no te regalo, es mucho más profundo. Por ello,  hoy, que estoy elaborando un desesperado manual de emergencias, no me detendré en ello.

A mi entender, y ya no solo desde lo profesional, sino también como madre, hay algunos conceptos sobre los que meditar. Dejo constancia de que esta es mi visión, la que empleo y funciona para mí. Respeto desde luego todo otro punto de vista respecto a este complicado tema.

´Estudiar es su única obligación´

La única obligación de un ser humano debería ser, a mi entender, amarse sanamente a sí mismo y a través de ese amor, utilizar toda herramienta disponible para desarrollarse tanto intelectual, como emocional y socialmente. Una sana autoestima deriva en una sana relación con el mundo exterior, en todas sus dimensiones.

Y si queremos añadir una ´obligación´ podríamos incidir en respetar y valorar a los demás, entre ellos, a sus padres.

Si me detengo en estos dos principios, estudiar no es una obligación, sino una consecuencia lógica: un medio (de los muchos que hay) para construirme como persona y un esfuerzo considerable que esos otros a quienes debo respeto, hacen para ayudarme en esa labor, por lo que de alguna manera, lo suyo es poner de mi parte. Estudiar, para mí, una de las muchas vías para aprender, es un derecho y un privilegio, nunca una obligación.

¿Entiende cabalmente el alumno esas dos primeras ideas? Si es así, el sentimiento de obligación de estudiar se diluye.

Premio por resultado

En la vida real no todo resultado tiene premio externo, pero la capacidad de sentirnos satisfechos por un trabajo bien hecho evita en parte la frustración cuando el ascenso se lo llevó el enchufado de la empresa (un ejemplo extremo, pero claro) o la mejor nota la tiene el pelota de la clase.

No todo esfuerzo descomunal tiene el mejor resultado, pero tiene más valor que un excelente resultado conseguido con bajo nivel de exigencia. Y sino, me permito recordar mi nota más valiosa de la facultad, un aprobado rasposo, conseguido durante un episodio de ciática y con fiebre de 39,5ºC.

Desarrollar la capacidad de la satisfacción por lo conseguido, desde dentro, nos permitirá ahorrarnos muchos sinsabores en esta vida (y esa eterna sensación de lo injusta que es). Esta habilidad no se aprende cuando uno cumple 18 años: se desarrolla desde la cuna. Además, si educamos niños que se acostumbran a que siempre que hacen A obtienen B, no esperemos que de adultos quieran hacer nada de manera altruista. Altruistas nacemos, así que no destruyamos esto con lo que la naturaleza nos ha dotado.

Tras un buen resultado, tras un esfuerzo genuino y considerable,tras una buena voluntad,  no hay mejor premio que el tiempo de los adultos. Sentarse con el niño/adolescente en cuestión y estimular en él o ella sentimientos de orgullo por lo realizado. ¿Cómo se hace?

Os comento una receta para dar los primeros pasos.

  • Sentarse frente a frente, insistiendo en el contacto visual dado que es un ejercicio donde la herramienta es la empatía. Le enseñaremos a sentir orgullo. Al principio mirar a los ojos puede costar mucho para los alumnos, por eso un amable  ´mírame´ y que el alumno se encuentre con una sincera sonrisa en nuestro rostro es la mejor forma.
  • Expresar nuestros sentimientos de satisfacción por el esfuerzo (no por el resultado). Hacer incluso una pequeña reseña, destacando algunos puntos positivos y magnificándolos :  ´Recuerdas cuando vinieron los amigos a buscarte y tú dijiste, esperadme un minuto, aún no he acabado´ ´Recuerdas lo cansado/cansada que estabas el martes y aún así completaste tus tareas´. La empatía hará el resto, si nosotros mostramos en nuestra voz, nuestro rostro y actitud orgullo, él o ella comenzará a sentirlo también. Visualicémonos a nosotros mismos en una fiesta, sintamos que estamos festejando a nuestro campeón o campeona.
  • Conducirle a una exploración/ construcción emocional en torno a lo hecho y lo obtenido. Pocas veces nos detenemos a sentir y lo cierto es que nadie nos ha ayudado a hacerlo ni nos ha llevado a detener el mundo unos minutos para explorar nuestras emociones. ´¿Cómo te has sentido cuando terminaste el trabajo?´´¿Cómo te sentiste cuando viste lo bien que había quedado?´. No aceptes un ´bien´ vacío como respuesta. Si indagas (brevemente al principio, esto no se consigue de la noche a la mañana) empezará a abrirse un abanico de emociones. Refuerza las positivas. Lígalas a su esfuerzo y voluntad. Con que al principio obtengas solo una, ya se esta avanzando. La expresión de satisfacción en una persona es fácilmente reconocible. Búscala, provócala, hasta que aparezca, aunque sea por un instante.
  • Por último, menciona el resultado, indicando que es una consecuencia más de ese esfuerzo, que no siempre llegará, pero que esa satisfacción interior no se la quitará ninguna evaluación externa.

Y ahora sí, en este momento en que niño, niña, madre, padre, profesor, maestra, o quienes hayan estado involucrados en el ejercicio  SIENTEN el valor del trabajo bien hecho, toca premiarse con un enorme abrazo, y si hace bueno, ¿por qué no? irse a por un helado…que nos lo merecemos.

Creatividad I: el despertar

Este es un post que escribí y tenía guardado desde hace meses,  y quiero dedicar a una jovencita que me acaba de contar que ´lo suyo´es algo creativo. Pero que está desmotivada porque ha descubierto que ´carece de creatividad´.

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Ante este dilema…

Si nos preguntásemos cómo organizamos nuestras actividades cotidianas, llevamos adelante nuestras relaciones o elegimos nuestras metas, posiblemente  nos enfrentaríamos a que no somos los principales artífices de nuestra vida. Inmersos en un mar de esquemas rígidos e instrucciones de cómo deben ser hechas las cosas, nos limitamos muchas veces a seguir pautas que pueden resultar cómodas, útiles, pero no necesariamente satisfactorias.

Está más que demostrado que la actividad creativa contribuye a sentirnos mejor. Sin embargo, sólo las empresas invierten dinero para potenciar con efectividad la creatividad. Fuera de estos ámbitos, se enseña poco o nada al respecto, y podemos ver como los programas escolares habituales no estimulan la creatividad de niños y jóvenes. Según vamos entrando en la vida adulta, nos volvemos rutinarios, y nos invade el sentimiento de que las cosas sólo se pueden hacer bien de una manera, la que otro nos enseñó. Y que cada vez hay menos oportunidades para ser nosotros mismos. Sin embargo es posible, si nos lo proponemos, aprender a vivir de un modo más creativo, enfrentar nuestra cotidianeidad con una mente más abierta, valorando más opciones que las habituales e imprimir a nuestra vida un sello personal.

Si pudiéramos observar a una persona creativa en plena actividad creadora, veríamos que  disfruta de lo que está haciendo, sin detenerse a pensar en los posibles beneficios. La actividad que está llevando a cabo le proporciona placer más que suficiente para seguir enfrascado en ella. La buena noticia es que todos tenemos capacidad creativa, por más dormida que esté, y que todos estamos programados genéticamente para sentir placer al crear o descubrir algo novedoso. Pero para empezar, debemos ejercitar eso tan abstracto que es la ´creatividad´ como si de un músculo se tratara.

Si tienes un ratito, disfrutarás de escuchar pese al pobre sonido a mi admirado Mario Alonso Puig. Aunque se enfoca (cómo no) al mundo empresarial, el contenido es útil para todos nosotros.

Voy a proponer ahora la primera parte de una receta para recuperar nuestra creatividad  que se desprende de lo que nos cuenta Mihály Csíkszentmihályi, un experto en estos y otros temas, del que volveré a hablar.

ENFRENTARSE A LA PEREZA

Aceptemos en primer lugar que la pereza es una fuerza natural en todos nosotros. El placer de estar descansando es muy útil, evita que nos quedemos sin energía. Sumado al sentimiento de seguridad que proporciona la rutina, constituye una trampa mortal para cualquier brote de creatividad.

Pero quizás sea más productivo aceptar que aquéllos que no son perezosos son quienes han descubierto en algunas actividades más placer aún que en el no hacer nada. Tampoco es positivo sumirse todo el día en una actividad frenética: es indiscutible la necesidad de disponer de tiempo para la reflexión, la relajación y el descanso. Pero como en todo, debemos buscar un equilibrio que nos conduzca a sentirnos mejor y más satisfechos.

No lograremos avanzar mucho en nuestro propósito si intentamos romper radicalmente con nuestra rutina para incorporar alguna actividad creativa. Encontrar el horario en el que esta nueva actividad resulte realmente agradable y no suponga una lucha contra la vida que llevamos actualmente es fundamental para comenzar.

ADUEÑARSE DEL PROPIO TIEMPO

Con el modo de vida actual, gran parte de nuestra energía es absorbida por innumerables distracciones externas e internas. Nos preguntaremos ¿cómo voy a apartar tiempo para nada más?

Las distracciones pueden ser tanto externas como internas. En el caso de las distracciones externas, proponerse descartar aquéllas que son superfluas, filtrando la información y actividades que nos dispersan sin aportarnos nada que consideremos valioso, es un proceso de reconquista apasionante. Observarnos libreta en mano, apuntando lo que hacemos durante un par de días y analizar esas notas por la noche puede arrojar resultados sorprendentes.

En muchos otros casos, nuestra energía se escapa en cavilaciones internas, en sobrevivir en unos tiempos cada vez más complejos, en luchar contra el desánimo o la ansiedad. Aquí es donde desarrollar e incorporar actividades que requieran de nuestra creatividad nos aportará mayores beneficios, aunque es verdad que requerirá un extra de voluntad. Cualquier actividad que logre apartar de la mente las preocupaciones y nos conduzca a centrarnos en el momento presente, aunque sea sólo por unos minutos al principio, mejorará nuestro estado general.

En cualquiera de los casos, los objetivos deben ser alcanzables. Encontrar la forma de desviar algo de atención de lo habitual para dedicarlo con frecuencia y constancia a una actividad que sepamos nos resulte placentera y nos sintamos capacitados para realizar.

Con quince minutos diarios, a una hora fija para facilitar la creación del  hábito de ser creativo (menuda paradoja) , puede ser más que suficiente. Es necesario recordar que la curiosidad y el entusiasmo en un nuevo proyecto no dura mucho por lo que debemos ser constantes y persistentes, centrándonos en cómo estos minutos diarios benefician a nuestro estado de ánimo en general.

ELIGIENDO QUÉ HACER

Encontrar una actividad que nos guste y acorde a nuestras capacidades actuales, es vital para nuestro proyecto. Dado que los expertos afirman que los procesos creativos se producen en aquellas actividades que dominamos, será mucho más probable lograr nuestro objetivo comenzando por algo que ya conozcamos, aunque nos parezca un desafío modesto al principio. Recordar continuamente que el fin es incorporar el proceso creativo a nuestra forma de vivir, y no lo creado en sí, nos animará. No hay actividades mejores que otras, no hay mejores o peores creaciones. No debe esperarse la aprobación externa, el objetivo, si se ha estado inmerso en una actividad que nos ha proporcionado placer, ya está cumplido.

Poco a poco, se irán abriendo nuevas posibilidades, y para seguir disfrutando tendremos que ir aumentando la complejidad de nuestra actividad paulatinamente. Llegará el punto es que podremos transferir esta revitalizada creatividad a otros aspectos de nuestra vida, animándonos a adoptar  soluciones novedosas a cuestiones cada vez más complejas.

Motivación II: ¿tocas en clave de x o de y?

Uno de los temas más desesperantes en estos días para quienes trabajamos con estudiantes pasa por su falta de motivación. Las noticias, el mal ambiente general, la sensación de ´no hay futuro´ y algo tan de toda la vida como es el efecto primavera, nos ponen el trabajo cuesta arriba.

Hay que asumir que motivar a un estudiante no es cuestión de una táctica, sino de infinidad de ellas. Tal como nos ocurre a los adultos, les motivan distintas cosas. Cambiamos de metas e intereses a lo largo de nuestra vida, pero en esta época los cambios se suceden a velocidades vertiginosas, sin previo aviso y nos exigen a profesores, tutores, madres y padres estar en continuo estado de alerta para modificar y adaptar las estrategias que empleamos. Lo que sirve hoy en una semana puede que sea completamente inútil.

En este post ya revisé las teorías de Maslow. Pero hay muchas otras formas de explicar por qué hacemos las cosas con mayor o menor entusiasmo o cómo influir sobre él. Escapándonos de nuevo al mundo de la empresa, Douglas McGregor nos dice que hay dos formas de pensamiento excluyentes desde las que nos perciben los directivos. Están aquellos que siguen la  “Teoría X” y consideran que los trabajadores sólo actúan bajo amenazas, y los que comulgan con la “Teoría Y” partiendo de la base de que la gente vive el trabajo como algo natural y quiere hacerlo, encontrando en ello satisfacción.

Antes de continuar, os invito a ver este video donde Sir Ken Robinson, un gran crítico del sistema educativo, y con cuyas ideas comulgo especialmente, realiza un análisis del estado de las cosas.

Volviendo al tema que nos ocupa, es verdad que desde la época donde se defendía que la letra con sangre entra hasta nuestros días, se ha avanzado mucho.  Pero aunque nos guste hablar en términos de la teoría y, el suspenso, el verano estudiando en vez de disfrutando con los amigos y los premios que no vendrán (por cierto, premios que nunca se debieron ofrecer) nos sumergen de lleno en el desesperado recurso de la amenaza…. y en la teoría x, esa que supuestamente no es la nuestra.

La teoría x supone que la tendencia natural al ocio y la percepción de que el trabajo inherente en este caso al proceso de aprendizaje es una forma de castigo. Pues sí, el alumno muchas veces lo vive así porque así se lo hemos planteado. También nos dice esta teoría, que, ante tal realidad,  la supervisión y la motivación solo pueden venir del exterior.Con amor, con cariño, como quieras, pero desde el exterior.

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Por el contrario, la teoría y nos lleva a pensar que el estudiante encuentra en el aprendizaje suficiente satisfacción y que se esforzará para lograr los mejores resultados posibles sin necesidad de presión externa. (Como confíes en esto, con el programa de estudios actual, prepárate)

Lo cierto es que, como todos hemos visto y vivido en carne propia cuando estudiantes, se dan ambas situaciones. Hay ocasiones en las que por más curioso y ávido de conocimiento sea un alumno se aburre o lo que intenta estudiar carece de sentido para él. Es más, intuye o sabe que no le servirá en la vida real. En tales circunstancias, el marco fuerza a que nuestro estudiante encaje a la perfección en los supuestos de la teoría x y, conscientes de ello, obtenemos en apariencia mejores resultados (sobre todo, más inmediatos): mejores notas, tareas acabadas a su hora, etc.Esta comodidad nos lleva a  desaprovechar momentos donde podríamos utilizar métodos más propios de la teoría y. Una consecuencia nefasta de nuestra falta de reacción es que no permitimos que el estudiante se experimente a sí mismo como alguien capaz de asumir las riendas y hacer propio el orgullo de su éxito.

Cuando un alumno se enfrenta a un tutor teoría y, lo normal es que no sepa cómo reaccionar. Su expresión inicial es la de estar buscando la cámara oculta: muchas veces sienten que ¿con qué color quieres escribir? es en realidad una trampa. La siguiente actitud es de miedo a contestar cualquier pregunta de contenido, aun cuando se le ha asegurado que no está bajo evaluación.

´Mi hijo de pronto me suspende todas´

Esta debe ser una de las frases que más escucho, coincidiendo con cambios de ciclo. Lo habitual es que  descubramos que ese alumno no sabe qué hacer sin supervisión, y, tal como predice la teoría x, prefiere que se le dirija evitando toda responsabilidad, y ansiando por encima de todo, seguridad. Y le culpabilizamos por ello: ´nos suspende´.

¿Qué responsabilidad quiere evitar? La de decidir si con los ejercicios que le mandó el profesor para practicar alcanza para comprender el examen o necesita buscar algunos más. ¿Qué seguridad busca? La de que si estudia lo que le han mandado, aprobará. Así, cuando la dirección desaparece, simplemente el alumno no sabe qué hacer.

¿Tiene entonces la teoría x la razón? No. Simplemente, la forma en la que hemos educado durante las etapas iniciales a nuestros alumnos han hecho que parezca que la tiene. No son pocas mis experiencias ´rehabilitando´ víctimas de la teoría x que con mayor o menor esfuerzo logran liberarse del estigma de vagos sin rumbo que tal visión les imprime.

¿ Necesita tu hijo o alumno un cambio de teoría? Haz este experimento. Dale una hoja en blanco y varios colores. Dile que escriba lo que quiera, como quiera y donde quiera. Tal y como nos cuenta el video, un niño de 5 años sabrá qué hacer. Es más, se olvidará de que existes, hará un impresionante dibujo y no le importará tu opinión. Uno de diez, posiblemente, se te quede mirando. Lo más seguro es que escoja el bolígrafo azul o un lápiz, escriba algo y te pregunte si está bien o si eso era lo que querías. Uno más mayor te dirá ´pero qué pongo´ mientras comprendes que es urgente cambiar algo.

El momento de comenzar a rehabilitar a nuestro chico o chica fraguados en la teoría x es ya. No hace falta esperar que el sistema educativo cambie por completo (no ocurrirá ni en el corto ni en el mediano plazo). Podemos introducir pequeñas modificaciones desde una clase, o a la hora de hacer los deberes en casa. Estaría bien que comenzáramos por ver ese video con ellos, y plantearles el desafío de aprender a la vez que aprobar, de que sus extraordinarias capacidades sobrevivan al sistema aunque pase por él, desafiándole a ser el héroe de su propia vida.

En términos de una teoría u otra, lo aconsejable sería empezar cada día con la visión ´y´: ya habrá tiempo para recurrir a la supervisión y a la motivación externa según se acerque la hora de la cena o la fecha del examen. No es cuestión de dejarles sin mapa en medio de un desierto: pueden tener la edad para ser responsables de sus tareas pero no el entrenamiento. Planteada una tarea, no estaría de más permitir que el alumno la desarrolle con libertad, valore los resultados con nosotros y nos comente si realmente se siente satisfecho con lo que ha hecho. En la medida que el resultado sea aceptable (aunque no excelente) dejar que experimente la consecuencia de su decisión. Un ´aprobadillo´ obtenido bajo estas circunstancias es mucho más provechoso que un 10 bajo supervisión estrecha.

Hace unos pocos días, un alumno con el que trabajo tenía que realizar dos tareas. Por primera vez en años, decidió y justificó el orden en que iba a realizarlas espontáneamente, sin intentar que yo se lo indicara . Respeté su posición, elogié su actitud y le permití experimentar el éxito conseguido al aplicar su estrategia: terminó a tiempo sus tareas. Este hecho, aparentemente superfluo, provocó en él un cambio radical de actitud, aumentando su participación en los grupos de trabajo y ganando confianza suficiente como para expresar sus propias ideas.

Si pretendemos que el adulto de mañana viva el esfuerzo como algo natural y los logros como fuente de satisfacción personal, debemos permitir que experimenten tal visión desde sus primeros pasos. La realidad es que, hoy por hoy, muchos alumnos de instituto o bachillerato, jamás han sentido la libertad de decidir sobre nada respecto a sus estudios. No esperemos entonces que cuando salgan a la vida, sean emprendedores, creativos y autónomos si siempre les hemos dicho qué, cuándo y cuánto hacer.

Más allá de la nota

Cuando trabajas con alumnos donde el 10 parece inalcanzable y el aprobado es un éxito, descubres que el único camino eficiente incluye fortalecer todas esas otras facetas emocionales, actitudinales y cognitivas habitualmente descuidadas por las prisas de un sistema que se rige por la respuesta correcta. Sorprendentemente, la corrección del resultado aparece quizá más tarde de lo esperado, pero con una solidez aplastante cuando el alumno sabe. Pero en un tiempo donde el éxito inmediato parece ser lo único que nos satisface, mirar a largo plazo puede ser angustiante.

Llamamos buen alumno a aquel capaz de dar ciertas respuestas correctas a las situaciones planteadas por el profesor. Este hecho ha provocado anécdotas por todos conocidas de malos estudiantes cuyas brillantes mentes una vez liberadas del opresivo sistema (opino que tampoco es para tanto), han cambiado el mundo. Sinceramente, no creo que hayan sido necesariamente malos estudiantes. Las malas eran sus notas.

Negar el valor de la respuesta correcta es sin duda absurdo.  Y si el equipo de ingeniería que construyó el túnel por el que paso cada día opina lo contrario, que me avise para cambiar de recorrido. Sin embargo, la penalización constante del fracaso (si se puede llamar así a un suspenso en matemáticas con 8, 10 o 15 años) no solo limita el pensamiento creativo, eje de este post que motiva mi reflexión. Las etiquetas que a diario, durante años, debe soportar quien tiene unas malas notas, limitan la felicidad.

Si yo planteo un problema, existe la posibilidad de que varios caminos me conduzcan a la solución correcta. En general, el que explica el profesor es el más probado, el más eficaz, el más ´elegante´. Arriesgarme por una nueva vía porque no comprendí lo que el profesor me explicó o por que me atrae buscar una alternativa, puede conducirme a un resultado fallido, pero también me puede enseñar mucho más que el camino tradicional y permitirme incluso valorar que el camino originalmente indicado era mejor, dejarme de mirar el techo y prestar más atención mañana. Insisto que cuando hablo de esto, no me refiero a un cirujano, sino a un alumno en fase de entrenamiento.

Como he mencionado, no creo que  mal alumno y alumno con malas notas sean  sinónimos. Están aquellos que en su proceso de aprendizaje no llegan a las respuestas esperadas pero posiblemente estén aprendiendo infinitamente más que aquellos que aprueban sin más (y que al cabo de un tiempo no recuerdan nada).

Si un alumno termina sus educación básica con un promedio magnífico, pero no es capaz de tolerar la frustración, de reaccionar con energía ante un suspenso y seguir adelante, de gestionar su propio tiempo, de colaborar en un equipo, de buscar  fuentes de información por sí mismo, de conocer mínimamente su forma de aprender y saber adaptarse a los cambios que le esperan en la vida, no ha sacado todo el provecho posible a esta etapa formativa.

Recuerdo a futuros ingenieros temerosos por el rumor de que ciertas cátedras planteaban problemas sin solución en sus exámenes. Siendo aún estudiante, me tocó presenciar cómo uno de mis compañeros no soportó la presión de un  examen que no tenía parecido ninguno con lo que estudió en los libros que nos habían recomendado y tuvo que abandonar el examen.

La vida real no se parece a los libros. A veces, lo haces todo bien, pero aparece algo inesperado que se lleva todo tu trabajo por delante. Llega un momento en que hasta el más inteligente de clase (entendiendo como inteligencia los aspectos que se valoran académicamente en la actualidad)  se enfrenta a la realidad de que las buenas notas  no alcanzan. Esa es la oportunidad para que la fortaleza del que supo seguir pese a las etiquetas y la escasez de resultados, reluzca, aunque no sea un Einstein.

 

MOTIVACIÓN I: El nivel olvidado

Muchas son las teorías que explican cómo logramos motivarnos para realizar nuestras tareas con entusiasmo y las formas en que externamente se puede influir para que una persona trabaje más a gusto, mejor y con mayor eficiencia. En el mundo empresarial es algo a lo que se presta especial atención, ya que se traduce en mayores beneficios.

¿Y en el aprendizaje?

Estos días he tenido que hacer una serie de trabajos para un curso que estoy realizando, y mi MOTIVACION era que todo eso que estaba leyendo podía aplicarlo a mi área de interés: los procesos de aprendizaje.

Por ejemplo, en su famosa pirámide, Maslow nos lleva a reflexionar sobre cómo podemos clasificar las variopintas necesidades del ser humano.

La idea que intenta transmitirnos es que solo alcanzamos satisfacer nuestras necesidades superiores cuando las más básicas están satisfechas. Un hecho que llamó mi atención fue esa especie de ´frontera´que es el nivel tres: las necesidades sociales o de afiliación.

    Pirámide de Maslow


Pirámide de Maslow

Por un momento, imaginé a ese alumno desatento, desmotivado, que aparentemente no tiene aspiraciones, del que unos se quejan y otros pasan. Mi experiencia es que en este tercer nivel comienza y muchas veces termina el problema.

Vienen a mi mente algunos de los factores que provocan que el deterioro emocional sea la base o el agravante de muchos de los problemas en el aprendizaje. Para atajarlos, entre muchas otras recomendaciones posibles, destaco:

  • Evitar situaciones que provoquen indefensión en los alumnos. Algunos alumnos se quedan paralizados ante el temor de cometer un error. No participan en clase y consideran que hagan lo que hagan nunca mejorará su rendimiento escolar.
  • Fomentar una cultura de compañerismo. Sin caer en el  extremo de todos debemos ser amigos, educar en valores como el respeto y la aceptación de las diferencias entre pares.
  • Indagar en las preocupaciones de niños y adolescentes y los sentimientos que les producen. Hay situaciones que escapan a sus recursos y para ellos pueden ser dramáticas, y no buscarán nuestro apoyo si sienten que menospreciamos sus problemas por considerarlos ´cosas de chicos´.
  • Y entre muchos otros, no escatimar esfuerzos en la tarea de promover y fortalecer una sana autoestima, que no parece una tarea tan complicada si hacemos caso a Rick Lavoie

En siguientes posts seguiremos revisando las distintas teorías de la motivación aplicadas al aprendizaje.

Cambio queja por opciones

takeasmile_2(fuente:http://desmotivaciones.es/3346622/Toma-una-sonrisa)

Si leyeras este anuncio ¿llamarías a informarte?

Gran parte de las energías que utilizo en mi trabajo las dedico a escuchar quejas, porque son una fuente de información enorme. Pero debo acotar el tiempo con permiso a queja porque sino dedicaría a ello todo el día. Escuchar quejas cansa enormemente, porque sabes que quien se queja (contrario al que comparte sus problemas) normalmente no espera soluciones, solo quiere quejarse. Esto lo digo para que sea más fácil de comprender por qué ante quienes se quejan habitualmente las opciones usuales  son:

a) marcharse

b) crear un filtro protector y desconectar

Puede que sea toda una revelación para ti, pero si eres de los que se quejan mucho, las personas que estando a tu alrededor eligen estas opciones no son sordas, no son malas ni pasan de tu sufrimiento. Simplemente intentan protegerse.

También encontrarás personas que siguen el juego de la queja, porque desde luego tiene una función social . En su medida, nos permite un desahogo, pero lo normal es que nos excedamos. Hasta somos capaces de fingir queja para sentir que pertenecemos a un grupo o tener algo de lo que charlar. Todos compartimos algún motivo de descontento y estamos tentados a entablar una especie de competencia: quien se queje menos, paga la cuenta.

La queja cansa a quien la escucha y sobre todo daña a quien la emite. Activa el enfado, el descontento y te coloca lenta e inconscientemente en una posición peligrosa: la de víctima.

Paradójicamente, sentirse víctima puede resultar cómodo, porque te disculpa y deposita en lo externo las causas de lo que te ocurre y sientes.

Me llamo X, soy quejos@ compulsiv@.

En ciertas situaciones, trabajar el hábito de la queja es complicado, porque realmente no hay muchas opciones para solucionar un problema concreto, pero sí puedes hacer algo con la manera en que lo vives y la experiencia que puedes obtener de esa situación.  Además, nuestra falsa amiga solo nos da alivio momentáneo y no nos entrena ni aporta nada para el momento en que SÍ dispongamos de una salida.

Si caes en las garras de este vicio, normalmente la gente se alejará, reduciendo aún más tus oportunidades de cambio. Una cosa es la empatía y el altruismo, una muy diferente es ser masoquista.

Casi todo en esta vida tiene un carácter temporal. Si no el hecho en sí, al menos la forma en que la percibimos. El día que el problema desaparezca, el día que puedas irte de ese trabajo que no soportas, el día que cumplas por fin los 18, el día que el dolor por una pérdida  sea menos intenso, tienes que estar list@ para reaccionar.

1.¿Qué gano quejándome?

Habrá tantos motivos como personas y quejas. Pero ayer me respondieron una particularmente útil para empezar a trabajar:  ´no ser culpable´. Creo sinceramente, que la solución a la culpa no es la queja, es cambiar la idea de culpa por la de responsabilidad. En breve trataré este tema.

2-Motivos de queja.

Una forma interesante de comenzar a lidiar con este  hábito dañino es describir tu realidad sin queja mediante. Escribe una lista y valora si realmente lo que lees en esa lista coincide con tu percepción. ¿Realmente es tan horrible tu día a día? ¿Cuántos motivos reales de queja tienes?

3-Sustitución

Cuando sientas que la queja está tomando forma en tu cabeza, no la enuncies, y sustitúyela por un ¿qué puedo hacer? Dilo en voz alta si te hace falta, tómate un momento para buscar una opción. Si en alguna (en muchas) ocasiones  la respuesta es ´nada´, también es valiosa.

No pretendas cambiar de un día para otro. Comienza realizando este ejercicio una o dos veces al día, atendiendo a sensaciones y estados de ánimo. Observa los cambios a tu alrededor.

4-Reírte

Si aprendes a reírte de tí mismo, tienes la mitad de los caminos andados. Incluso el de solucionar tu adicción a la queja. Cada vez que estoy a punto de quejarme, me imagino corriendo una maratón con tacones altísimos: la felicidad no se alcanza desde la queja.  Me miro a mí misma desde fuera y me veo realmente cómica quejándome de ciertas cosas teniendo tantas y tantas cosas buenas por las que agradecer y a la vez, problemas reales que requieren de mi energía. La risa y la queja son incompatibles. Además la risa mejora tu salud.

queja

5-Quéjate, pero quéjate bien.

En muchas ocasiones, no estará en tu mano solucionar aquello que te aflije. Enfádate genuinamente si lo consideras oportuno, busca con quien compartir lo que te ocurre, acepta la realidad y sigue. Expresa tu necesidad de hablar sobre un problema para aclarar ideas, tomar perspectiva, o simplemente desahogarte: lograrás que te escuchen con atención. Advierte de esto a tu interlocutor, elije el momento y la situación adecuada. Como dije antes, pero al revés: la gente no es masoquista, pero sí empática y altruista.

¿Por qué estudiar?

 (o  por qué hoy en casa se comen boquerones)

Una vez más, sin darme cuenta, estoy apuntada a montones de cursos y rompiéndome la cabeza para saber cómo organizar mi tiempo, porque además, tengo que trabajar, y me han concedido el tremendo honor de participar en una acción formativa para ´Enseñar a Enseñar´ cuando yo digo a gritos que lo que NO HAGO es enseñar…pero los que me observan dicen que sí y que me aguante.

´Un buen profesor no es el que sabe mucho sino el que sabe enseñar´

Esta frase es muy bonita, y si muchos la llevaran a la práctica, ganaríamos en calidad educativa lo inimaginable. Pero para los que estamos metidos hasta el fondo en la raíz de la cuestión (eso que se llama ´METAaprendizaje´ ) sabemos que se queda corta.

A mí en particular me sobra la palabra profesor si es una palabra que te pone a temblar. Prefiero cualquier palabra que signifique que el alumno en su presencia siente que ha llegado a casa y que se le va a dar un plato de contenidos apetitosos y una cuchara cómoda para devorarlos.

¿Y la palabra enseñar? Vamos a escaparnos con nuestra imaginación a una tienda fantástica, con unos precios bastante elevados para lo que estamos dispuestos a pagar. No sabemos cómo, pero un dependiente o dependienta ha conseguido que entremos a echar un ojo. De pronto se nos escapa un ´¿Me enseñas esa camiseta?´  Y nos la enseña con tal gracia y tan convincentemente que nos gastamos tres veces lo que teníamos planeado gastar en una camiseta que tal vez nunca lleguemos a ponernos…y por si fuera poco, felices a rabiar y contándoselo a todo el mundo. Así sí acepto la palabra enseñar.

Pero no, no me olvidé del título de este post.

¿POR QUÉ ESTUDIAR?

Simple y llanamente, para aprender. ¿No debería ser esa la respuesta obvia?

Lo hemos hecho tan mal que no, no lo es.  No lo es porque en el programa educativo hay cantidad de cosas que no te interesan en lo más mínimo (o mejor, no te interesan AHORA). No he encontrado una persona (de cualquier edad) que me dé con sinceridad esta respuesta. Los alumnos adolescentes me dicen esto con la esperanza de que les deje en paz (¡pobres ilusos!)

Voy a confesar una cosa. Esa es mi respuesta AHORA.  En aquellos tiempos, en tus tiempos, estudiaba porque me mandaban. Estudiaba porque unas buenas notas me permitían disfrutar de una beca, en vez de tener que enloquecerme buscando un trabajo de media jornada o de fin de semana. Estudiaba porque mis amigos eran todos unos ´empollones´ y disfrutaba de ese ambiente fraternal: horas sentados, juntos, para ganarnos los viernes el derecho a pizza con partida de Pictonary. Otras veces, lo que leía me resultaba tan tremendamente aburrido, que estudiaba el doble con la esperanza de no tener que volver a leer jamás nada relacionado con ese tema. Y en muchas ocasiones, estudiaba para demostrar a mi entorno (crecí en un ambiente excesivamente competitivo y agresivo) que era capaz de hacer cualquier cosa que me propusiera.

Pero a veces, aprendía cosas que me emocionaban y eso hacía que el estar sentada horas y horas me fuera soportable. Es más, el tiempo se hacía corto. Me enamoraba de lo que iba leyendo, escuchando, aprendiendo y todo esfuerzo era poco comparado con lo que obtenía. Me convertía en dueña de la realidad, sentía lo que entendía. Y con los años, fui descubriendo que podía buscar esa pasión. Que si ponía de mi parte, casi cualquier cosa era, para mí, digna de ser aprendida.

La sed de aprender viene con nosotros al mundo, lo dicen científicos de varias disciplinas y está comprobado. Si no fuera así, te aseguro que no hubieras pasado por el suplicio de aprender a caminar o de lograr hacerte entender hablando, mientras tu hermano o hermana se reían por lo mal que pronunciabas.

¿Qué te pasó por el camino? ¿Qué apagó esa necesidad de saber y ser más de lo que eres? ¿Por qué estudias tú?

Ayer una de mis pequeñas y más deliciosas alumnas me miró a los ojos y me dijo llena de rabia por la cuenta de dividir que acababa de plantearle:

´Es como si me obligaras a tomar un vaso de leche cortada´

Fue como un puñal en el corazón. Una frase reveladora. Que posiblemente modificará el rumbo de mi trabajo en el futuro.

Necesité experimentar por mí misma esa sensación, saber qué pasaría por mi cabeza ante una realidad así. Me levanté de esta silla, en mitad de este post y me fui a limpiar boquerones. Detesto limpiar boquerones, no hay nada intrínseco en esa actividad que me pueda motivar a hacerlo. Pero de cuando en cuando, lo hago. No lo pienso demasiado, me levanto y me pongo a ello. Esto es algo que me enseñó mi amiga Teresa, y lo digo para que entiendas que es tan grande mi problema con los boquerones que hasta tuve conversaciones sobre el tema.  Y quizá ese es el primer secreto que tienes que aplicar hoy cuando abras tus libros. Hacerlo sin más.

Mientras preparo todo, imagino la cara de mis hijas cuando al llegar del colegio descubran que tienen su comida favorita en la mesa. Serán felices durante ese rato, y, seamos egoístas, yo me convertiré por un momento en la mejor madre del planeta, y tendré garantizada una tarde de concordia y buen humor. ¿A que a veces piensas en algo así imaginando el ambiente familiar después de mostrar unas buenas notas?

Todas esas imágenes me ayudan a ponerme, pero, boquerón en mano, la imagen de la alegría de mis hijas va perdiendo fuerza. Al fin y al cabo, con unos caramelos conseguiría algo similar. Entonces, viene mi gran truco. Comienzo a observar el boquerón, a darme cuenta de los detalles, miro la textura del pequeño pescado, imagino el cardumen nadando, recuerdo cuánto me gusta el mar y la sensación del frío al sumergirme. La imagen de mi abuelo con los pantalones arremangados y la red casera llena hasta arriba de chanquetes para la hora de la comida. Y es así como la horrible tarea de limpiar los pescaditos me regaló media hora de profundo placer.

(Aclaro, me he duchado, metido toda la ropa en la lavadora y desinfectado hasta el último rincón de la cocina, con la esperanza de que no quede ni rastro de los boquerones, sigo odiando esta tarea)

Este ´post´ no pretende enseñar nada. Pretendía que me explicaras algo que se me escapa. Que me digas por qué prefieres mirar al vacío antes que aprender algo nuevo. Pero ya no. Ya no te pregunto por qué estudiar.

Te desafío a que consigas algo parecido a lo que yo logré esta mañana.

Un trabajo de lo mío

Hace unos días se repitió entre mis amigos la alegría de un puesto de trabajo después de mucho buscar.

´Ya, pero no es de lo mío´

¿Te ocurre algo similar? ¿A qué te refieres cuando hablas de lo mío? ¿Es realmente tu pasión, tu elemento, tal como nos lo cuenta Ken Robinson?  ¿O se reduce a lo que dice el título que te han dado al terminar tu formación?

Lo cierto es que si tienes una situación que no es la que más te satisface no debes dejar que los sentimientos de frustración o de resignación te invadan. ¿Mi receta?

  •  Descúbrete y desarróllate

En un ambiente que no es el habitual ni el idóneo podrás descubrir nuevas habilidades que estabas desaprovechando. Tal vez te toque reforzar debilidades que hasta ahora no conocías. Las tendencias muestran que crece la valoración de las habilidades personales y sociales en detrimento de lo exclusivamente relacionado con contenidos. Puede ser una oportunidad de trabajar en ellas, empezando por la adaptabilidad.

  •  Aprende

Toda experiencia es fuente de aprendizaje. Debemos descartar la idea pasada de moda e ineficiente para nuestros tiempos de que solo lo específico a nuestra área de trabajo o formación contribuye a nuestro futuro profesional. Todo lo nuevo te enriquece si lo vives de manera positiva y constructiva. Así un informático, por ejemplo, tendrá una valiosa oportunidad de crecimiento en un puesto de atención al cliente. O puede que en un nuevo puesto estés obligado a aprender a utilizar herramientas que creías jamás serías capaz de dominar. No solo aprenderás, tu autoestima saldrá también reforzada.

  • Mantente en el mercado

Lo anterior no quita que tú tienes una carrera o una formación de base que no interesa que se  desaproveche. Hoy por hoy la oferta de formación es de lo más variopinta y flexible, y no necesariamente requiere inversiones. Universidades en abierto, cursos gratis, formación subvencionada, jornadas, conferencias, etc. te premiten mantener la conexión con lo tuyo.

  •  Sigue buscando

Esto es algo que me enseñaron siendo aún estudiante. Hay que mantenerse alerta estando incluso en el puesto de tus sueños, siempre con el objetivo de avanzar profesionalmente y pendiente de los cambios y tendencias más allá de nuestra propia empresa. Permítete intervalos de calma, pero nunca te acomodes demasiado y si no te plantean nuevos retos, desafíate a avanzar. Sal de tu zona de confort de cuando en cuando. Algo que es aún más relevante si tu situación no es la que deseas. No desesperes, pero no te conformes.

Creo sinceramente que lo mío de cada uno es mucho más que una titulación. La vida (biológica y laboralmente hablando) es cada día más larga. Sin embargo, nos exigen que elijamos carrera o profesión a edades muy tempranas, sin haber tenido la posibilidad de descubrir realidades más allá de las familiares y casi sin conocernos a nosotros mismos.

Tal vez sería más productivo y emocionante que lo tuyo pase a ser simplemente un punto de partida para comenzar a explorar una vasta y rica realidad, llena de apasionantes oportunidades y a la que tienes mucho que aportar.