Más allá de la nota

Cuando trabajas con alumnos donde el 10 parece inalcanzable y el aprobado es un éxito, descubres que el único camino eficiente incluye fortalecer todas esas otras facetas emocionales, actitudinales y cognitivas habitualmente descuidadas por las prisas de un sistema que se rige por la respuesta correcta. Sorprendentemente, la corrección del resultado aparece quizá más tarde de lo esperado, pero con una solidez aplastante cuando el alumno sabe. Pero en un tiempo donde el éxito inmediato parece ser lo único que nos satisface, mirar a largo plazo puede ser angustiante.

Llamamos buen alumno a aquel capaz de dar ciertas respuestas correctas a las situaciones planteadas por el profesor. Este hecho ha provocado anécdotas por todos conocidas de malos estudiantes cuyas brillantes mentes una vez liberadas del opresivo sistema (opino que tampoco es para tanto), han cambiado el mundo. Sinceramente, no creo que hayan sido necesariamente malos estudiantes. Las malas eran sus notas.

Negar el valor de la respuesta correcta es sin duda absurdo.  Y si el equipo de ingeniería que construyó el túnel por el que paso cada día opina lo contrario, que me avise para cambiar de recorrido. Sin embargo, la penalización constante del fracaso (si se puede llamar así a un suspenso en matemáticas con 8, 10 o 15 años) no solo limita el pensamiento creativo, eje de este post que motiva mi reflexión. Las etiquetas que a diario, durante años, debe soportar quien tiene unas malas notas, limitan la felicidad.

Si yo planteo un problema, existe la posibilidad de que varios caminos me conduzcan a la solución correcta. En general, el que explica el profesor es el más probado, el más eficaz, el más ´elegante´. Arriesgarme por una nueva vía porque no comprendí lo que el profesor me explicó o por que me atrae buscar una alternativa, puede conducirme a un resultado fallido, pero también me puede enseñar mucho más que el camino tradicional y permitirme incluso valorar que el camino originalmente indicado era mejor, dejarme de mirar el techo y prestar más atención mañana. Insisto que cuando hablo de esto, no me refiero a un cirujano, sino a un alumno en fase de entrenamiento.

Como he mencionado, no creo que  mal alumno y alumno con malas notas sean  sinónimos. Están aquellos que en su proceso de aprendizaje no llegan a las respuestas esperadas pero posiblemente estén aprendiendo infinitamente más que aquellos que aprueban sin más (y que al cabo de un tiempo no recuerdan nada).

Si un alumno termina sus educación básica con un promedio magnífico, pero no es capaz de tolerar la frustración, de reaccionar con energía ante un suspenso y seguir adelante, de gestionar su propio tiempo, de colaborar en un equipo, de buscar  fuentes de información por sí mismo, de conocer mínimamente su forma de aprender y saber adaptarse a los cambios que le esperan en la vida, no ha sacado todo el provecho posible a esta etapa formativa.

Recuerdo a futuros ingenieros temerosos por el rumor de que ciertas cátedras planteaban problemas sin solución en sus exámenes. Siendo aún estudiante, me tocó presenciar cómo uno de mis compañeros no soportó la presión de un  examen que no tenía parecido ninguno con lo que estudió en los libros que nos habían recomendado y tuvo que abandonar el examen.

La vida real no se parece a los libros. A veces, lo haces todo bien, pero aparece algo inesperado que se lleva todo tu trabajo por delante. Llega un momento en que hasta el más inteligente de clase (entendiendo como inteligencia los aspectos que se valoran académicamente en la actualidad)  se enfrenta a la realidad de que las buenas notas  no alcanzan. Esa es la oportunidad para que la fortaleza del que supo seguir pese a las etiquetas y la escasez de resultados, reluzca, aunque no sea un Einstein.

 

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