Cuando lo que toca es ´hacer´ sin pizca de ganas

Hace unos días estuve en una conferencia de mi amigo Pablo Herreros donde se discutía algo de lo que solemos hablar mucho. ¿Y si pudiéramos vivir haciendo solo lo que nos hace felices? Alrededor de esta idea, uno de los temas en los que más he profundizado es el relativo al estado de flow, término que emplea Mihalyi Csikszentmihalyi para describir esos momentos donde hacemos las cosas por el solo placer de hacerlas.  No importa el qué ni el para qué, solo la actividad en sí en el momento presente. Con entrenamiento, podemos entrar en estado de flow en prácticamente cualquier actividad. Pero esta capacidad requiere de práctica, tiempo y cierto grado de madurez y autocontrol. Algo de lo que normalmente no disponen los estudiantes, ya sea por su edad o por las imposiciones del sistema, pero que he convertido en el gran objetivo de mi trabajo.

A raíz de esa conferencia, el compartir todo lo que he ido aprendiendo al respecto se ha vuelto algo urgente para mí. Este post no pretende ser sino la introducción de una larga serie (que ojalá no debiera ser escrita) sobre cómo sobrevivir a la circunstancia de tener que hacer cosas que no apetecen nada.

¿Cómo pudimos llegar a esta situación si aprender es una de las cosas más placenteras para el ser humano?

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Hacer por hacer cuando hacer carece de sentido.

No toda actividad en esta vida logra ser para nosotros placentera en sí. Por ello, uno de los temas recurrentes de este blog es el de la MOTIVACIÓN, ya que sentir que se hace por hacer, sin encontrar placer en ello, puede llegar a ser desesperante si no logramos definir un objetivo válido. Un sentimiento que está una gran cantidad de ´fracasos´ escolares. Y pongo entre comillas la palabra fracaso, porque no la acepto para designar a nada que pase en el primer quinto de nuestra vida.

Hablar con un alumno que ya asume etiquetas tales como tonto o vago, o con un adolescente que te dice lo que supone que quieres escuchar para que le dejes en paz, es un ejercicio de paciencia. Pero por otra parte esas creencias por lo general están aún ´tiernas´ y suele ser bastante sencillo desmontarlas. Voy a poner un ejemplo. Si un/una estudiante suspende cinco asignaturas y la explicación que él o ella asume es ´soy vago/vaga´ es fácil demostrarle su error cuando estamos hablando de una persona que practica un deporte de manera regular, con todas las exigencias que ello supone. El que es vago es vago en todo, no a ratos. Así que no podemos definir a toda una persona a partir de un síntoma puntual que aparece al enfrentarse a un sistema que todos sabemos está lleno de defectos (pese a sus virtudes).

Una de las grandes oportunidades para enfrentar este tema es la famosa pregunta, que normalmente se responde de manera equivocada:

´Y esto, ¿para qué me sirve?´

Es curioso porque llega un momento en que es complicado que el estudiante redescubra este cuestionamiento. Lo ha preguntado tantas veces, y tantas veces se ha sentido humillado o estafado en la respuesta, que suele olvidar que es su gran pregunta. La que sin respuesta, le quita las ganas de todo.

Un primer paso es ser honestos al responder esto, porque esta generación de estudiantes posee la suficiente información para saber que jamás volverá a usar gran parte de los contenidos que se presentan en el colegio o en el instituto.

Hacer por los motivos equivocados

Obviamente, a veces necesitamos recurrir a artificios, como padres y educadores, porque creemos, estamos convencidos, de que algo debe ser hecho más allá de que la personita bajo nuestro cuidado lo comprenda o acepte. Lavarse bien los dientes para que el Ratoncito Pérez venga oportunamente indudablemente es un argumento bastante útil. Pero no podemos abusar : tarde o temprano, un argumento o motivo falso, cae, y las consecuencias pueden ser nefastas. La más grave, bajo mi punto de vista, es que la confianza en sus mayores se fracture. Otras consecuencias no menos dolorosas son la decepción o el sentimiento de haber perdido el tiempo. También ya hemos abordado el tema de los premios.

Pero muchas veces ellos te confiesan que el único motivo para intentar sacar unas buenas notas es contribuir a la felicidad de sus padres. Comprensiblemente, en ocasiones la nota y el esfuerzo de los hijos no alcanza para satisfacernos. Descubrirlo es para ellos y ellas, motivo de dolor, desengaño, frustración, impotencia y, como efecto secundario, suspensos.

En otras ocasiones, les dirigimos a centrar todo su esfuerzo en conseguir un resultado numérico, una nota, y nos olvidamos de trabajar actitudes y habilidades (las denominadas ´soft skills´ cada vez más demandadas y valoradas), que son las que verdaderamente serán útiles tanto a nivel laboral como personal y que muchas veces se trabajan justamente, durante un traspié.

No hacer porque no alcanzaré la meta

Ya hemos hablado de la indefensión aprendida en este post, cuando sentimos que hagamos lo que hagamos, no conseguiremos lo que deseamos.

Pero a veces, este bloqueo tiene un origen diferente. El perfeccionismo parece ser una epidemia entre los estudiantes y sin querer en ocasiones lo estimulamos o no lo enfrentamos adecuadamente. Ya desde muy pequeños, este falso amigo aparece y hace estragos. Luchar contra él es todo un desafío, porque el caso no es ir al extremo opuesto y hacer desaparecer el valor de lo bien hecho. El objetivo es evitar el efecto paralizante de enfrentarnos a la realidad de no ser perfectos.

¿Para qué si no me va a salir bien? ¿Para qué si otro va a ser mejor? Tarde o temprano debemos enfrentarnos a la realidad de que las normas y los parámetros de lo que está bien, regular o mal existen y son necesarios para vivir en sociedad. A veces nos espanta que el sistema escolar enfrente a nuestros pequeños con estas pautas que limitan nuestro comportamiento a edades demasiado tempranas. Sin embargo, más peligroso aún es que nunca se hayan enfrentado a ello hasta edades donde ya la red familiar no les cobija o no es tan efectiva ante el dolor de un error. Los casos de fracaso más estrepitosos en este sentido se dan, justamente, en alumnos que nunca han tenido estos problemas hasta llegar al bachillerato o a la universidad, donde un abrazo de mamá ya no es tan efectivo, y una re-educación es muchísimo más compleja. En este sentido, nuestro papel, además de evitar a nuestros pequeños y adolescentes dolores innecesarios, es también, más difícil aún, guiarles para asumir y gestionar sus propias limitaciones, para poder así disfrutar y explotar al máximo sus enormes capacidades.

Motivación II: ¿tocas en clave de x o de y?

Uno de los temas más desesperantes en estos días para quienes trabajamos con estudiantes pasa por su falta de motivación. Las noticias, el mal ambiente general, la sensación de ´no hay futuro´ y algo tan de toda la vida como es el efecto primavera, nos ponen el trabajo cuesta arriba.

Hay que asumir que motivar a un estudiante no es cuestión de una táctica, sino de infinidad de ellas. Tal como nos ocurre a los adultos, les motivan distintas cosas. Cambiamos de metas e intereses a lo largo de nuestra vida, pero en esta época los cambios se suceden a velocidades vertiginosas, sin previo aviso y nos exigen a profesores, tutores, madres y padres estar en continuo estado de alerta para modificar y adaptar las estrategias que empleamos. Lo que sirve hoy en una semana puede que sea completamente inútil.

En este post ya revisé las teorías de Maslow. Pero hay muchas otras formas de explicar por qué hacemos las cosas con mayor o menor entusiasmo o cómo influir sobre él. Escapándonos de nuevo al mundo de la empresa, Douglas McGregor nos dice que hay dos formas de pensamiento excluyentes desde las que nos perciben los directivos. Están aquellos que siguen la  “Teoría X” y consideran que los trabajadores sólo actúan bajo amenazas, y los que comulgan con la “Teoría Y” partiendo de la base de que la gente vive el trabajo como algo natural y quiere hacerlo, encontrando en ello satisfacción.

Antes de continuar, os invito a ver este video donde Sir Ken Robinson, un gran crítico del sistema educativo, y con cuyas ideas comulgo especialmente, realiza un análisis del estado de las cosas.

Volviendo al tema que nos ocupa, es verdad que desde la época donde se defendía que la letra con sangre entra hasta nuestros días, se ha avanzado mucho.  Pero aunque nos guste hablar en términos de la teoría y, el suspenso, el verano estudiando en vez de disfrutando con los amigos y los premios que no vendrán (por cierto, premios que nunca se debieron ofrecer) nos sumergen de lleno en el desesperado recurso de la amenaza…. y en la teoría x, esa que supuestamente no es la nuestra.

La teoría x supone que la tendencia natural al ocio y la percepción de que el trabajo inherente en este caso al proceso de aprendizaje es una forma de castigo. Pues sí, el alumno muchas veces lo vive así porque así se lo hemos planteado. También nos dice esta teoría, que, ante tal realidad,  la supervisión y la motivación solo pueden venir del exterior.Con amor, con cariño, como quieras, pero desde el exterior.

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Por el contrario, la teoría y nos lleva a pensar que el estudiante encuentra en el aprendizaje suficiente satisfacción y que se esforzará para lograr los mejores resultados posibles sin necesidad de presión externa. (Como confíes en esto, con el programa de estudios actual, prepárate)

Lo cierto es que, como todos hemos visto y vivido en carne propia cuando estudiantes, se dan ambas situaciones. Hay ocasiones en las que por más curioso y ávido de conocimiento sea un alumno se aburre o lo que intenta estudiar carece de sentido para él. Es más, intuye o sabe que no le servirá en la vida real. En tales circunstancias, el marco fuerza a que nuestro estudiante encaje a la perfección en los supuestos de la teoría x y, conscientes de ello, obtenemos en apariencia mejores resultados (sobre todo, más inmediatos): mejores notas, tareas acabadas a su hora, etc.Esta comodidad nos lleva a  desaprovechar momentos donde podríamos utilizar métodos más propios de la teoría y. Una consecuencia nefasta de nuestra falta de reacción es que no permitimos que el estudiante se experimente a sí mismo como alguien capaz de asumir las riendas y hacer propio el orgullo de su éxito.

Cuando un alumno se enfrenta a un tutor teoría y, lo normal es que no sepa cómo reaccionar. Su expresión inicial es la de estar buscando la cámara oculta: muchas veces sienten que ¿con qué color quieres escribir? es en realidad una trampa. La siguiente actitud es de miedo a contestar cualquier pregunta de contenido, aun cuando se le ha asegurado que no está bajo evaluación.

´Mi hijo de pronto me suspende todas´

Esta debe ser una de las frases que más escucho, coincidiendo con cambios de ciclo. Lo habitual es que  descubramos que ese alumno no sabe qué hacer sin supervisión, y, tal como predice la teoría x, prefiere que se le dirija evitando toda responsabilidad, y ansiando por encima de todo, seguridad. Y le culpabilizamos por ello: ´nos suspende´.

¿Qué responsabilidad quiere evitar? La de decidir si con los ejercicios que le mandó el profesor para practicar alcanza para comprender el examen o necesita buscar algunos más. ¿Qué seguridad busca? La de que si estudia lo que le han mandado, aprobará. Así, cuando la dirección desaparece, simplemente el alumno no sabe qué hacer.

¿Tiene entonces la teoría x la razón? No. Simplemente, la forma en la que hemos educado durante las etapas iniciales a nuestros alumnos han hecho que parezca que la tiene. No son pocas mis experiencias ´rehabilitando´ víctimas de la teoría x que con mayor o menor esfuerzo logran liberarse del estigma de vagos sin rumbo que tal visión les imprime.

¿ Necesita tu hijo o alumno un cambio de teoría? Haz este experimento. Dale una hoja en blanco y varios colores. Dile que escriba lo que quiera, como quiera y donde quiera. Tal y como nos cuenta el video, un niño de 5 años sabrá qué hacer. Es más, se olvidará de que existes, hará un impresionante dibujo y no le importará tu opinión. Uno de diez, posiblemente, se te quede mirando. Lo más seguro es que escoja el bolígrafo azul o un lápiz, escriba algo y te pregunte si está bien o si eso era lo que querías. Uno más mayor te dirá ´pero qué pongo´ mientras comprendes que es urgente cambiar algo.

El momento de comenzar a rehabilitar a nuestro chico o chica fraguados en la teoría x es ya. No hace falta esperar que el sistema educativo cambie por completo (no ocurrirá ni en el corto ni en el mediano plazo). Podemos introducir pequeñas modificaciones desde una clase, o a la hora de hacer los deberes en casa. Estaría bien que comenzáramos por ver ese video con ellos, y plantearles el desafío de aprender a la vez que aprobar, de que sus extraordinarias capacidades sobrevivan al sistema aunque pase por él, desafiándole a ser el héroe de su propia vida.

En términos de una teoría u otra, lo aconsejable sería empezar cada día con la visión ´y´: ya habrá tiempo para recurrir a la supervisión y a la motivación externa según se acerque la hora de la cena o la fecha del examen. No es cuestión de dejarles sin mapa en medio de un desierto: pueden tener la edad para ser responsables de sus tareas pero no el entrenamiento. Planteada una tarea, no estaría de más permitir que el alumno la desarrolle con libertad, valore los resultados con nosotros y nos comente si realmente se siente satisfecho con lo que ha hecho. En la medida que el resultado sea aceptable (aunque no excelente) dejar que experimente la consecuencia de su decisión. Un ´aprobadillo´ obtenido bajo estas circunstancias es mucho más provechoso que un 10 bajo supervisión estrecha.

Hace unos pocos días, un alumno con el que trabajo tenía que realizar dos tareas. Por primera vez en años, decidió y justificó el orden en que iba a realizarlas espontáneamente, sin intentar que yo se lo indicara . Respeté su posición, elogié su actitud y le permití experimentar el éxito conseguido al aplicar su estrategia: terminó a tiempo sus tareas. Este hecho, aparentemente superfluo, provocó en él un cambio radical de actitud, aumentando su participación en los grupos de trabajo y ganando confianza suficiente como para expresar sus propias ideas.

Si pretendemos que el adulto de mañana viva el esfuerzo como algo natural y los logros como fuente de satisfacción personal, debemos permitir que experimenten tal visión desde sus primeros pasos. La realidad es que, hoy por hoy, muchos alumnos de instituto o bachillerato, jamás han sentido la libertad de decidir sobre nada respecto a sus estudios. No esperemos entonces que cuando salgan a la vida, sean emprendedores, creativos y autónomos si siempre les hemos dicho qué, cuándo y cuánto hacer.

MOTIVACIÓN I: El nivel olvidado

Muchas son las teorías que explican cómo logramos motivarnos para realizar nuestras tareas con entusiasmo y las formas en que externamente se puede influir para que una persona trabaje más a gusto, mejor y con mayor eficiencia. En el mundo empresarial es algo a lo que se presta especial atención, ya que se traduce en mayores beneficios.

¿Y en el aprendizaje?

Estos días he tenido que hacer una serie de trabajos para un curso que estoy realizando, y mi MOTIVACION era que todo eso que estaba leyendo podía aplicarlo a mi área de interés: los procesos de aprendizaje.

Por ejemplo, en su famosa pirámide, Maslow nos lleva a reflexionar sobre cómo podemos clasificar las variopintas necesidades del ser humano.

La idea que intenta transmitirnos es que solo alcanzamos satisfacer nuestras necesidades superiores cuando las más básicas están satisfechas. Un hecho que llamó mi atención fue esa especie de ´frontera´que es el nivel tres: las necesidades sociales o de afiliación.

    Pirámide de Maslow


Pirámide de Maslow

Por un momento, imaginé a ese alumno desatento, desmotivado, que aparentemente no tiene aspiraciones, del que unos se quejan y otros pasan. Mi experiencia es que en este tercer nivel comienza y muchas veces termina el problema.

Vienen a mi mente algunos de los factores que provocan que el deterioro emocional sea la base o el agravante de muchos de los problemas en el aprendizaje. Para atajarlos, entre muchas otras recomendaciones posibles, destaco:

  • Evitar situaciones que provoquen indefensión en los alumnos. Algunos alumnos se quedan paralizados ante el temor de cometer un error. No participan en clase y consideran que hagan lo que hagan nunca mejorará su rendimiento escolar.
  • Fomentar una cultura de compañerismo. Sin caer en el  extremo de todos debemos ser amigos, educar en valores como el respeto y la aceptación de las diferencias entre pares.
  • Indagar en las preocupaciones de niños y adolescentes y los sentimientos que les producen. Hay situaciones que escapan a sus recursos y para ellos pueden ser dramáticas, y no buscarán nuestro apoyo si sienten que menospreciamos sus problemas por considerarlos ´cosas de chicos´.
  • Y entre muchos otros, no escatimar esfuerzos en la tarea de promover y fortalecer una sana autoestima, que no parece una tarea tan complicada si hacemos caso a Rick Lavoie

En siguientes posts seguiremos revisando las distintas teorías de la motivación aplicadas al aprendizaje.

¿Por qué estudiar?

 (o  por qué hoy en casa se comen boquerones)

Una vez más, sin darme cuenta, estoy apuntada a montones de cursos y rompiéndome la cabeza para saber cómo organizar mi tiempo, porque además, tengo que trabajar, y me han concedido el tremendo honor de participar en una acción formativa para ´Enseñar a Enseñar´ cuando yo digo a gritos que lo que NO HAGO es enseñar…pero los que me observan dicen que sí y que me aguante.

´Un buen profesor no es el que sabe mucho sino el que sabe enseñar´

Esta frase es muy bonita, y si muchos la llevaran a la práctica, ganaríamos en calidad educativa lo inimaginable. Pero para los que estamos metidos hasta el fondo en la raíz de la cuestión (eso que se llama ´METAaprendizaje´ ) sabemos que se queda corta.

A mí en particular me sobra la palabra profesor si es una palabra que te pone a temblar. Prefiero cualquier palabra que signifique que el alumno en su presencia siente que ha llegado a casa y que se le va a dar un plato de contenidos apetitosos y una cuchara cómoda para devorarlos.

¿Y la palabra enseñar? Vamos a escaparnos con nuestra imaginación a una tienda fantástica, con unos precios bastante elevados para lo que estamos dispuestos a pagar. No sabemos cómo, pero un dependiente o dependienta ha conseguido que entremos a echar un ojo. De pronto se nos escapa un ´¿Me enseñas esa camiseta?´  Y nos la enseña con tal gracia y tan convincentemente que nos gastamos tres veces lo que teníamos planeado gastar en una camiseta que tal vez nunca lleguemos a ponernos…y por si fuera poco, felices a rabiar y contándoselo a todo el mundo. Así sí acepto la palabra enseñar.

Pero no, no me olvidé del título de este post.

¿POR QUÉ ESTUDIAR?

Simple y llanamente, para aprender. ¿No debería ser esa la respuesta obvia?

Lo hemos hecho tan mal que no, no lo es.  No lo es porque en el programa educativo hay cantidad de cosas que no te interesan en lo más mínimo (o mejor, no te interesan AHORA). No he encontrado una persona (de cualquier edad) que me dé con sinceridad esta respuesta. Los alumnos adolescentes me dicen esto con la esperanza de que les deje en paz (¡pobres ilusos!)

Voy a confesar una cosa. Esa es mi respuesta AHORA.  En aquellos tiempos, en tus tiempos, estudiaba porque me mandaban. Estudiaba porque unas buenas notas me permitían disfrutar de una beca, en vez de tener que enloquecerme buscando un trabajo de media jornada o de fin de semana. Estudiaba porque mis amigos eran todos unos ´empollones´ y disfrutaba de ese ambiente fraternal: horas sentados, juntos, para ganarnos los viernes el derecho a pizza con partida de Pictonary. Otras veces, lo que leía me resultaba tan tremendamente aburrido, que estudiaba el doble con la esperanza de no tener que volver a leer jamás nada relacionado con ese tema. Y en muchas ocasiones, estudiaba para demostrar a mi entorno (crecí en un ambiente excesivamente competitivo y agresivo) que era capaz de hacer cualquier cosa que me propusiera.

Pero a veces, aprendía cosas que me emocionaban y eso hacía que el estar sentada horas y horas me fuera soportable. Es más, el tiempo se hacía corto. Me enamoraba de lo que iba leyendo, escuchando, aprendiendo y todo esfuerzo era poco comparado con lo que obtenía. Me convertía en dueña de la realidad, sentía lo que entendía. Y con los años, fui descubriendo que podía buscar esa pasión. Que si ponía de mi parte, casi cualquier cosa era, para mí, digna de ser aprendida.

La sed de aprender viene con nosotros al mundo, lo dicen científicos de varias disciplinas y está comprobado. Si no fuera así, te aseguro que no hubieras pasado por el suplicio de aprender a caminar o de lograr hacerte entender hablando, mientras tu hermano o hermana se reían por lo mal que pronunciabas.

¿Qué te pasó por el camino? ¿Qué apagó esa necesidad de saber y ser más de lo que eres? ¿Por qué estudias tú?

Ayer una de mis pequeñas y más deliciosas alumnas me miró a los ojos y me dijo llena de rabia por la cuenta de dividir que acababa de plantearle:

´Es como si me obligaras a tomar un vaso de leche cortada´

Fue como un puñal en el corazón. Una frase reveladora. Que posiblemente modificará el rumbo de mi trabajo en el futuro.

Necesité experimentar por mí misma esa sensación, saber qué pasaría por mi cabeza ante una realidad así. Me levanté de esta silla, en mitad de este post y me fui a limpiar boquerones. Detesto limpiar boquerones, no hay nada intrínseco en esa actividad que me pueda motivar a hacerlo. Pero de cuando en cuando, lo hago. No lo pienso demasiado, me levanto y me pongo a ello. Esto es algo que me enseñó mi amiga Teresa, y lo digo para que entiendas que es tan grande mi problema con los boquerones que hasta tuve conversaciones sobre el tema.  Y quizá ese es el primer secreto que tienes que aplicar hoy cuando abras tus libros. Hacerlo sin más.

Mientras preparo todo, imagino la cara de mis hijas cuando al llegar del colegio descubran que tienen su comida favorita en la mesa. Serán felices durante ese rato, y, seamos egoístas, yo me convertiré por un momento en la mejor madre del planeta, y tendré garantizada una tarde de concordia y buen humor. ¿A que a veces piensas en algo así imaginando el ambiente familiar después de mostrar unas buenas notas?

Todas esas imágenes me ayudan a ponerme, pero, boquerón en mano, la imagen de la alegría de mis hijas va perdiendo fuerza. Al fin y al cabo, con unos caramelos conseguiría algo similar. Entonces, viene mi gran truco. Comienzo a observar el boquerón, a darme cuenta de los detalles, miro la textura del pequeño pescado, imagino el cardumen nadando, recuerdo cuánto me gusta el mar y la sensación del frío al sumergirme. La imagen de mi abuelo con los pantalones arremangados y la red casera llena hasta arriba de chanquetes para la hora de la comida. Y es así como la horrible tarea de limpiar los pescaditos me regaló media hora de profundo placer.

(Aclaro, me he duchado, metido toda la ropa en la lavadora y desinfectado hasta el último rincón de la cocina, con la esperanza de que no quede ni rastro de los boquerones, sigo odiando esta tarea)

Este ´post´ no pretende enseñar nada. Pretendía que me explicaras algo que se me escapa. Que me digas por qué prefieres mirar al vacío antes que aprender algo nuevo. Pero ya no. Ya no te pregunto por qué estudiar.

Te desafío a que consigas algo parecido a lo que yo logré esta mañana.